Entradas Universales

jueves, 10 de noviembre de 2011

Hojas vírgenes

Un libro antiguo es un libro con historia, pero con el aroma genuino del primer día. No importa lo que haya envejecido, cada libro tiene su momento, y siempre hay segundas ediciones que, aún tratando de resucitar el libro, éste, ha muerto, por lo menos, temporalmente. Por suerte, sus hojas amarillentas conservan la historia de sus dueños, que se extasiaron con la lectura. Dónde mejor, o peor, se suelen conservan es en las Bibliotecas o Museos, pero las palabras que se exponen, mueren. Así lo veo yo. Es una muerte silenciosa en el olvido.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

En el papel

En cierta manera es como si lo hubieras conseguido. Pero la prueba, o el esfuerzo no acaba ahí. Aún tienes que repasarlo y corregirlo, hasta el punto de que no queda del todo bien. Lo hayas escrito a mano, o en procesador de texto, siempre se te escapa algo. ¿Qué es? Alguna frase, o algún pensamiento o idea que se te ha pasado por alto, y te das cuenta de un nuevo comienzo. Repasar lo escrito, y notar o sentir tus fallos. Es como un balde de agua fría. Y tienes que empezar de nuevo. No importa. También puedes dejar descansar el texto, y retomarlo (depende de la persona) tres días después, o una semana, un mes, o un año. Claro que, lo he comprobado, al pasar un año, te das cuenta de lo escrito. No es trascendental, ni importante, y decides, con sensatez (yo tengo bastante poca), que lo mejor es utilizar el material existente para crear otro, es decir, que lo puedes incorporar, integrar lo escrito, en un nuevo material. Y no es mala idea. Hay autores, como Paul Auster que llevan a cabo esta tarea. Si el primer borrador no lo convence, decide aprovecharlo en el segundo, y así, hasta el último. Auster ha llegado a escribir hasta siete borradores, enriquecidos hacia más, sumando, o restando, y ha logrado escribir La Trilogía de Nueva York con este pesado sistema. Yo lo hago en mis relatos, tras pasarlos de mano a procesador; pero, cuando se trata de una novela, me está llevando más tiempo, y prefiero escribir del tirón en manuscrito, y luego, si es en procesador, describir lo que me voy a encontrar en el capítulo, con unas notas a mano, y trabajar desde allí. No soy muy amigo de los borradores, desde luego, pero cada uno de nosotros, sepa escribir literariamente o no, tiene su propio sistema, con estilo o con procesador de texto, o teclado. Otro día, más.

martes, 8 de noviembre de 2011

¿Es un mito?

Sigo pensando que, en ocasiones, que no se te ocurra nada, y tengas que escribir, a pesar de que nada se te ocurre, es un mito. Cuando no se te ocurre nada que llevar al papel, se palpa la tragedia. Por ejemplo, que la historia que pergeñas es, sobre todo, imposible. Careces de la razón adecuada para emborronar el folio y mancharlo, y luego, te das cuenta de que no te sirve de nada, y no lo encuentas interesante hasta dos o tres días después, o un mes, pero la historia nace muerta, porque la chispa ya no esta. No estoy dando ningún consejo. Describo la realidad. Si la realidad no te abofeteara, podrías escribir todos los días, y los temas saldrían por arte e inspiración de la llama divina, situación bastante improbable, porque nuestro cerebro es una máquina biológica y material, y por ende, más complicado que un programa informático, porque el cerebro siente, se enferma, y conoce sus limitaciones. Lo demás, es un mito. No basta con escribir, sino tener la idea.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Arqueología personal

No. No es mi cuaderno. Pero lo encontré por la Red, y es muy curioso. Pertenece a un bloguero. Se trata de un cuaderno de notas que encontró haciendo limpieza en casa. La tinta azul demuestra que utilizaba algún rotulador Pilot. Hay anotaciones muy curiosas, comentarios, o lo que a cada uno le apetezca. Lo más curioso, es una anotación en que este escritor tiene un amigo, también escritor. o plumífero, en que éste se queda escuchando las conversaciones, y finaliza cuando se pone demasiado interesante (para no invadir la intimidad de los mensajes); a mí, me ha ocurrido muchas veces, y uno se encuentra con diálogos que, luego, pueden utilizarse en un relato, o en una historia. Una de las reglas de la escritura es escuchar y observar. Con eso, se tiene medio puente construido. Transcribirlo a un cuento es la otra mitad. Y este cuaderno es un ejemplo.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Tras el escrito

En cada ocasión que expongo algunas situaciones de mi vida, es posible que no las muestre en su conjunto. Como el protagonista de una película de los Hermanos Farrelly, nuestra vida está compuesta de unidades. Pero este dato o teoría, es errónea. Dividimos nuestras vidas en unidades, por la misma razón de que no podemos atraparla en su conjunto. La memoria es tramposa. Indudablemente tramposa. Los recuerdos son proteicos, e interpretaciones con versiones mejoradas. Pero la memoria no es mentirosa. Somos nosotros que, al interpretarla, le damos esa pátina de verdad del hecho acontecido. Por eso creo que la memoria es como un palimpsesto que no se borra del todo. Hay capas que llegan hasta el subconsciente (y no me voy a poner freudiano, porque no) que se integran en capas posteriores, las más recientes. Pero el recuerdo, bueno o malo, está ahí, y de quedar sumergido, surge a flote. Por eso creo que, tras escribir, es hora de reflexionar, si la claridad, la exposición de ese mismo recuerdo elimina el dolor, o resucita la alegría. Pues hasta nuestras células recuerdan. Y lo peor de todo, es que mi cadera me sigue doliendo, sobre todo, este otoño, en que el frío está despertando un dolor que, durante algunas partes del verano, me atenazaba. Pero ya, el mero hecho de escribir es un punto positivo, pero no creo que la vida se componga de unidades. Los humanos (y hablo por mí) somos demasiado complejos para que nuestra existencia de puzzle desordenado, se ajuste a un modelo común. Lo cierto, aventuro, es que, si no lo fueramos, no seríamos humanos. He aquí nuestra grandeza.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Batman Eterno

Suelo ser seguidor de los héroes de la Marvel y de la DC. El año en que estrenaron Batman Forever, dirigida por Joel Schumacher (Jóvenes Ocultos, El Fantasma de la Ópera... ) y protagonizada por Val Kilmer, Chris O´Donnell, Jim Carrey, Nicole Kidman y el último actor se me ha escapado, Tommy Lee Jones. Recuerdo que fui al desaparecido Palacio de la Música hasta arriba de medicación por la crisis y el brote esquizofrénico que resultó ser más que un brote, una herencia. Me costó mucho el viaje en el Metro, que me angustiaba, y la inseguridad que sentía, la respiración agotadora y acompasada, la sensación de que el mundo era otro, o que mi percepción disminuía. Tuve mucha suerte, a la hora de utilizar la paciencia. Llegué al cine, pagué la entrada, y entré. Era por la tarde, y me preocupaba que anocheciera, hasta el punto de que temía llegar tarde a casa, y mi angustia crecía como una bola hielo con las capas más sólidas y tremendas. Resultó que el colorido de la película me hizo olvidar, durante las dos horas que la vi, y me distrajo de la angustia que me cortaba como un bisturí. Aunque afirmen que la cinta era un despropósito, a mí me pareció que mejoraba la mitología del Murciélago. Durante las dos horas largas que duró, no salí de la sala hasta ver el útimo título de crédito. Hasta ahora, pienso que la película guarda tesoros, en el apartado visual, que han utilizado películas posteriores, como El Club de la Lucha y que, esa iluminación, tétrica kitsch y oscura, ha seguido hasta ahora. La película me acompañó en ese momento, en que me sentía deshauciado como persona, y envidiaba a los sanos, que, en ocasiones, desconocen la naturaleza del otro, ignorándola. No todos, aclaro.

Cuando el perro escucha

Esto me ha sucedido hoy. Pero es una anécdota que se repite constantemente. Olvidamos que los perros, o cualquier otro animal, es una bestia, sea doméstica o no, y lo juzgamos sólo porque no demuestran una inteligencia que es instintiva y natural en ellos. Esto nos compete. En cuanto olvidamos que un animal carece de inteligencia, da la casualidad de que nosotros somos los menos sabios de todos. Precisamente, al ir a pasear con mi perro, Hércules, el superperro de la primera entrada de este blog, allá, por el año 2008, siempre me sorprende que se tome ciertas libertades, que me irritan, y que parece pasar por alto. Uno de estos ejemplos sucedió hoy. Como Hércules siempre suele pasar de nosotros, por casi cualquier cosa; pero fijo, cuando se trata de perras, corre el peligro de que al "viejales", como yo le llamo cariñosamente, no piensa en su seguridad. Entonces, en su intento de acceder a una amistad femenina, no escuchaba. Hasta que le llamé por segunda o tercera vez, con una voz que imponía, pero sin echarle la típica bronca. Se quedó parado, como pensándolo, y cruzó el tramo de una acera a otra (por cierto, que antes casi le atropella un coche, agradezco la pericia del piloto para frenar antes de tiempo), y cruzá sin rechistar. Me di cuenta de que escuchaba o escuchó. No era una orden, sino una petición con un "vuelve". Lo comprendió, y aunque actúa con doble naturaleza, su regreso fue más que completo. No sé que diría el encantador de perros. Pero, en muchas ocasiones, los animales demuestra su "humanimalidad" en más de una ocasión. Por cierto, la palabra entre comillas me la acabo de inventar pero, esta vez, no cedo los derechos. En fin, que creo que no conozco del todo a mi Hermano Perro. La suerte es que es un enigma vivo, y eso lo convierte en un tesoro.