Entradas Universales

viernes, 4 de febrero de 2011

Aventuras como repartidor


Una de las cosas que tuve, más que memorizar, fue aprenderme las calles del Barrio Salamanca. Lo más complejo fue que, tanto los encargados, como los compañeros, te exigían que las aprendieras todas durante el primer día. Luego, resultó ese método una falacia. Las calles las aprendí durante la primera semana, con la diferencia de que no era la memoria de números y nombres, sino de situación. Imaginé un plano en mi mente y, automáticamente, supe de inmediato a que calle y portal debía dirigirme. Con el carro, siempre había algún gracioso poco lúcido que decía, en tono de broma: ¡Ponle un motor! O sea, que el motor, más bien, era yo. Pero la idea del motor era atractiva. Recuerdo que, la primera tanda de reparto que hice el primer día, contaba con noventa pedidos al final del día. Un compañero me avisó de que repartiera menos; pues, el encargado, me exigiría esa cantidad o más todos los días. De todas maneras, con los años, he aprendido que el beneficio no se encuentra en los servicios prestados (forman parte de la estrategia comercial), sino en las ganancias del mismo servicio, por la compra de los productos. Pero los encargados se aprovechaban de nuestra ingenuidad, para exigirnos una productividad de fábrica: cuanto más reparto, mejor. ¡Claro, como ellos no movían ni un músculo de sus orondos traseros!

Lo mejor se convirtió en peor, cuando un año me pilló la gripe. Ya llevaba dos años trabajando, y la gripe (sé que no es excusa, pero la gripe aturde bastante) cuando confundí dos pedidos. Sólo confundí lo pedidos, no las calles, pero me llevé una bronca y unos improperios fuera de lugar. Al encargado le importaba un pimiento que tuviera la gripe: fiebre, temblores, opacidad, dolor de cabeza, y con la capacidad de comprender disminuída. Desde ese momento, me dije, cuando llegó el verano: ahora hará ciento cincuenta repartos diarios tu padre. No me volvería a pasar, durante el año siguiente, lo de la gripe; y tampoco iba a dejar que se aprovecharan de mí.

jueves, 3 de febrero de 2011

El tiempo: ese imprevisto


Cuando crees que todo está bajo control, resulta que es un pensamiento falso. No todo se halla bajo el control del control. Y no todo se resuelve a la primera. Las manifestaciones del tiempo es una paradoja: pasa, pero tratamos de atraparlas, hasta el punto de que, en ciertas situaciones, vemos y observamos que el tiempo, aún sirviéndose de compartimentos estancos, nunca se dejará atrapar, porque nunca ha existido. ¿Eso que significa? El tiempo es una ilusión, se mire por donde se mire; y eso es lo que nuestra mente no acepta, porque el tiempo se puede dilatar hasta el infinito; pero la luz material, por mucho que se curve el espacio. Pero la luz no es el tiempo, por mucho que Einstein insista que dicha luz es la regente de los sucesos. Entonces, por esa regla de tres, la oscuridad, la ausencia del luz, también se curva. Y, a mí, no me vale la respuesta de que, el tiempo se mide por la luz. En teoría calibramos el tiempo según la percepción interna de nuestra mente, y, hasta esta lo da por sentado, cuando, en realidad, lo primero que se ha de hacer y planear, es empezar a dudar. Tampoco vale que uno vaya a la oficina de patentes para crear diligentemente una teoría. Es como desentrañar los píxeles, uno a uno, de una fotografía jpeg.

Don Quijote: Libro de Caballerías


No se ha de negar. El Quijote es un libro de caballerías, por mucho que sea una crítica a una sociedad (la España del siglo XVII), en donde, en todo caso, tanto la figura de Don Quijote y Sancho, incluyendo a Dulcinea, son simbólicos. Si estudiamos otros libros de caballerías, como Amadís de Gaula, aún siendo de origen ibérico, también es simbólico, y hasta un poco exagerado y rinbombante, y mucho más exagerado que las fortunas de Alonso Quijano el Bueno. Es más, Amadís, incluso se hace pasar por un trovador en la corte de otro monarca (de cuyo nombre no puedorr acordarme), mientras intenta conquistar a la Dama de sus entretelas, y de noches de anhelos solitarios y poluciones. Ciertamente, Don Quijote se las ve con gigantes que son reales (los molinos); Amadís, en cambio, ha de luchar con gigantes, en la ficción; pero son gigantes de menos peso que a los que se enfrenta con su fantasía en el Toboso. Y la cosa no termina ahí: cree una avalancha de ganado ovino que es un ejército, cuando Amadís, se enfrenta a un ejército nacido de la desbordada imaginación del autor (anónimo, para más inri; pero, desde luego, bastante conocido); por cierto, que el autor anónimo era un personaje conocido que, debido a su linaje, perfería el anonimato de los cuatro libros de Amadís, a ser avergonzado por este deleite de escribir sandeces divertidas para solaz de la plebe (ahora mismo no me viene quien era, pero bien guardado está).

Entonces, cabe decir-o escribir- que me parece tan digno Amadís como El Quijote. Cada uno ve el mundo de una manera. Amadís ya es caballero, Don Quijote se reinventa a sí mismo, hecho que Amadís no puede hacer, porque es el actor principal del argumento y de la obra. Pero, mientras Don Quijote se imagina, a Amadís, lo imaginan. ¿Quién lleva la ventaja de ser más real, Amadís o Don Quijote, con sus penurias, sufrimientos, anhelos y amores? Creo que, si hiciéramos una apuesta, ya sé quién será el ganador. Y eso que no suelo jugar nunca a los juegos de azar.

El último "mono"


Cuando uno llega como empleado a una empresa, resulta, si el sector es de la alimentación, que te emplean como repartidor. Pero es un contrato con trampa. En primer lugar, no sólo vas a repartir, sino que harás todos los trabajos que te ordenen. No te dejarán parar de una actividad a otra, y no tendrás respiro. Claro que, también te engañarán, sobre todo el Jefe de Personal, que te da palmaditas en la espalda, y te promete o jura, que, pasados tres años, serás fijo en la empresa. Lo cierto es que te llenan los oídos de tanta mierda, que, al final, acabas por ver el quinto pie al gato. Y empieza la cruzada y el calvario.

Uno de estos calvarios es que si estás limpiando el almacén, te interrumpen la actividad para llevar un pedido. Al regresar, ni te acuerdas del almacén, porque hay un nuevo pedido; y regresas; y se repite lo mismo. Y, cuando estás a punto de terminar la primera parte de la jornada, por la tarde, el capullo del encargado, te recuerda, con muy malas formas y con ínfulas de afectada nobleza, que te toca ocuparte del almacén, limpiarlo, ordenar el material o los productos, soportar a los más capullos pelotas del jefe (el encargado) que se mosquean si les dejas trabajo extra, y, una y otra vez, los desplantes del frutero y su ayudante; los desplantes del carnicero, del charcutero y de la su madre que lo parió. Y uno acaba la jornada, entre los gritos y exigencias del encargado (que es un lego en idiomas internacionales) con la personalidad por los suelos, y con la sensación de que, un día, se arruine, por tus malos deseos la empresa. Porque, siendo el último "mono" careces de todo derecho o de protesta. Buscas un modo humanitario para que te traten mejor, y no a gritos. Pero la empresa,cuando ya no eres empleado de la misma, a los diez años o más, ha quebrado. Y entonces te das cuenta de que podrías haber empleado mejor el tiempo mientras trabajabas.

Nunca me sentí cómodo haciendo amistades entre los otros empleados. Después de todo, yo sólo quería ganarme el jornal. Y no hacer muchos amigos, porque algunos vienen con el interés de traicionarte, hacerte la vida imposible, y que seas el primero en la larga lista del INEM. Pero lo pasado, pasado está.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Seducido por James Ellroy


No siempre una obra atrae por su calidad. Más bien por su carisma y porque el autor ha vivido una serie de acontecimientos interesantes. Por suerte, esto mismo le ha acontecido a James Ellroy, autor de L A Confidential, La Dalia Negra (basada en el caso real de esta misteriosa víctima de trágico final) y su reconstrución del ambiente de los años 40 y 50. Con El Gran Desierto, obra que me arrebató en la Biblioteca, me he sentido como en casa. El argumento es muy complejo, porque trata sobre un asesino de homosexuales, y más escabroso es, porque, también trata de las persecución anticomunista en la época del Mcarthismo. Al principio, el lector no llega a atar cabos sueltos (Ellroy, como buen conocedor del género policiaco, muestra pistas verdaderas como falsas y viceversa) hasta, más o menos, a un cuarto del final del libro. Pero si el lector no logra resolverlo, no se pierde nada continuando con la lectura, en donde disfruta de un fértil desierto de complejidades, en una novela redonda y magistralmente estructurada. Tres personajes principales llevan el caso: Turner Buzz Meeks, Mal Considine y Danny Upshaw. No desvelaré el final de Upshaw, pero si la brillantez de construcción de un personaje entrañable e inteligente (que tomen notas los autores de intrigas baratas); y no olvidemos las relaciones que crea y destruye Mal Considine, buscando promocionarse y eligiendo candidatos en la Policía, para limpiar la ciudad. Hollywood ha sido siempre un gran desierto de corrupción, en donde van a morir almas inocentes y no tan inocentes. Incluso Buzz Meeks, prefiere correr riesgos, para hacer más emocionante su vida. Dentro de lo bueno, la novela de James Ellroy se encuentra por encima de muchos bestsellers (el autor nunca ve su obra como un bestseller, lo dejó claro en una entrevista); pero ni lo es, ni intenta serlo. Es sólo un libro superior, en donde el autor supera cotas muy altas, siendo la continuación de L A Confidential. Por cierto, que estoy buscando ese libro, y no lo encuentro por ningún sitio de la Red. Eso sí: disfrutaréis de la lectura de una obra, o varias, que serán clásicos dentro de unos cincuenta años, si no lo son ahora.

Falsas cábalas de Rubalcaba


De manera que, si uno es culpable de cometer un delito, y es un político, leerle la cartilla es un insulto, y no digamos los Sacramentos. Llevar a cabo, tan heroica tarea, basada en la moral política, es un insulto. Rubalcaba dijo, exactamente, que lo de la llamada del Caso Faisán era un insulto culparle a él ( y a los españoles). Para mí, depende, porque dudo mucho que Rubalcábala sea español, y defienda, tan falsamente, con la boca pequeña, unos intereses que se pagan con la muerte de españoles, por parte de la célula terrorista de ETA (esos imbéciles); o que, acusarle a él, es faltar al respeto a los españoles. ¿No será que él falta al respeto a los españoles defiendiendo a su camada de la izquierda abertzale, un izquierda radical, que no abandona las armas, porque Zapatero se negó a legalizar Herri Batasuna, o que se trata de un teatro más, para tomar el pelo a los españoles? Y, ¿qué es ser español? ¿o patriota? El gobierno socialista ha acabado con la definición de ambas. Para el gobierno socialista admitir la crisis es antipatriota, y esperar la unidad de España no es ser Español. Me parece que Rubalcábala siempre ha estado mintiendo. Pero, cuando cante, será mejor que lo inhabiliten, porque si ocurre lo contrario, vamos a pasar mucha vergüenza, y, cuando suba al trono del poder, nos ahogará con todos sus detritos, explotará a la nación, y nada podremos hacer; porque seguirá prohibiendo, con una Dictadura Socialista, como la que estamos viviendo. Rubalcaba ha vendido nuestra libertad y derecho a la vida a los terroristas. Espero que le den una patada en sus cuartos traseros de animal político, y que no mienta, por mucho que exiga la verdad de la oposición.

martes, 1 de febrero de 2011

Efluvios pigales


Suele suceder en el Metro o en el Bús. En ambos momentos un descuido que puede costarte la dignidad. Por lo menos, Montaigne lo admitía, y, en más de una ocasión, admitió este ensayista gabacho, que las mejor inspiración le llegaba cuando evacuaba, o cuando se liberaba de los efluvios durante sus paseos matutinos por su hacienda. Decía que era una liberación, porque la mente se tranquilizaba después de tan molesta presión intestinal. Y, admite, también, que después de liberados estos efluvios, podía pensar y meditar con más tranquilidad, y que las mejores líneas no las escribió Camilo José Cela, sino Michel de Montaigne-que lo único que hizo en su vida, fue ir al ejército, cumplir, y regresar, como buen francés y educado-; digno de él es que hablara o escribiera de estas cosas tan humanas en su Essays; pero, por lo menos, no se amedrentaba y lo admitía sin melindres ni remoloneos. Si su mente no funcionaba por la tenencia de efluvios (en esa época no existía el problema medioambiental que sufrimos; también es verdad, carecían de ordenadores) y que, tras romper las cadenas de la urgencia, se sentía mucho mejor. Pero, ahora, si esos efluvios se liberan, ya te miran de otra manera, como un extraño, o que desmereces el medio de transporte. Y dirigen su vista hacia otro lado. Desde luego, tendremos que admitir, como Montaigne que esto es humano (y animal), y que pertenece a nuestra naturaleza, lejos de los encorsetados legítimos que nos hemos impuesto. Que nadie se juzgados... ¡según sus efluvios!