Entradas Universales

sábado, 7 de abril de 2012

Comprando

¿Para qué quería un ordenador estropeado? ¿Porqué lo había comprado? Ciertamente, nadie le entendía. La posibilidad de tratar de arreglarlo (pues tenía uno, un ordenador, nuevo) formaba parte de su excentricidad por recuperar siniestros de objetos, u objetos siniestrados. Un ordenador roto, o estropeado, sólo necesitaba un exhaustiva reparación. Se dedicó a estudiar libros de electrónica y de robótica. Lo partió y lo reparó. Sustituyó la pantalla rota, por la mitad de otra, de otro ordenador, que también compró. Soldó, conectó, y reparó los circuitos. Cuando todo estaba dispuesto, su primer contacto no funcionó. Volvió a examinar las tripas de la máquina, y encontró el fallo: la matriz del disco duro estaba defectuosa. Buscó, como todo experto, la nueva pieza, y la armó y la instaló. Al principio, la pantalla pestañeó, y se apagó. Volvió a conectarlo, y lo encendió. La pantalla se apagó en dos segundos. Quizás fallaba la fuente de alimentación. Lo comprobó, y nada. Volvió a encenderlo. La pantalla pestañeó, relampagueó y permaneció. Escuchó la musiquita del Windows, y con la mitad de la pantalla, pudo ver el programa original, tal como lo había programado. Un triunfo es mejor, después de varias derrotas.

viernes, 6 de abril de 2012

Eclipse oscuro

Tenía los ojos abiertos pero no veía nada. Sentía arder las mejillas, y le dolían los globos oculares. Detrás de las córneas no veía nada. El médico le dio esperanzas. Necesitaba una operación. Según el médico, bastaba una pequeña operación para extirpar el tumor. Luego, podría ver, o al menos, eso era aquello que los médicos vaticinaban. Él veía un eclipse frente a la vista, y ese eclipse lo cegaba. no podía ver con claridad porque el eclipse ocupaba toda su visión. Se le antojó un eclipse eterno. Quería ver, pero no veía nada. La operación le permitiría recuperar la vista. Creía más en la medicina clínica que en los milagros. ¿Vería? Según el cirujano, que había ido a verlo, le explicó que, después de la operación, era posible que los ojos estarían vendados, por prudencia. La luz podía ser un estorbo. ¿Y si no recuperaba la vista? Entonces, dijo el cirujano, necesitaremos un milagro. Para los médicos, los milagros no existen, y si es así, prefieren observar que se trata de un tratamiento que ellos han logrado. En medicina, los milagros no existen. Esta bien, respondió, opérenme. El eclipse salía frente a su vista. Le molestaba tanto que le hacía daño. La operación sirvió de algo. Pudo ver a sus familiares, pero, en cada ocasión que cerraba los ojos el eclipse oscuro se le presentaba, y no sañaba, sólo la visión eterna y de pesadilla del eclipse.

jueves, 5 de abril de 2012

Imposible

Había o Érase una vez (que para el caso es igual) un hechicero que vivía en una torre de dos mil habitaciones o más. Se dedicaba al estudio de la magia y la goecia ( si alguien no sabe qué es esta especialidad, le remito a los libros y a los Grimorios) y, en ocasiones, se dedicaba a experimentar hechizos y encantamientos con los elfos y con Don Quijote, para no aburrirse. Vivía en la torre con las estancias salteadas, pues había instalado cocinas, dormitorios, bibliotecas y laboratorios, para no tenerlo todo tan alejado. No necesitaba asistenta: mantenía limpia la torre con la magia (que por eso era un hechicero), hasta que un día se enamoró de una princesa. Error. La princesa era bastante superficial. Practicaba todo tipo de deporte para mantenerse bella, y no le importaba la gente. La princesa había rechazado a miles de príncipes, debido a que llevaba el negocio de los cereales, la moda y cosméticos (dejando sin trabajo a muchos magos y alquimistas); pero el hechicero apenas tenía nada que ofrecer. Por ejemplo, sabía transformar a los elfos en cualquier animal fantástico, y los propios elfos se la tenían jurada por utilizarlos de conejillos de Indias, con su magia a distancia. Pero el hechicero necesitaba saber de la princesa. ¿Cómo era? ¿Por qué se comportaba así? ¿Por qué era interesante y, al mismo tiempo, superficial? El hechicero empezó a tomar notas, y se las ingenió para tomar la forma de un príncipe culto, que lo racionalizaba (¡qué palabro, por Crom!) todo. Al principio, a la princesa, por una parte le sorprendió, pero, por otra, le provocaba alguna molestia. El hechicero-falso príncipe, también comentó que pertenecía a una publicación científica e histórica muy importante. Se las ingenió, de nuevo, para acompañar a la princesa a sus empresas, y tomaba notas de todo. Aquí, la princesa desconfió. Demasiadas notas. Un espía industrial, y lo envió al calabozo del castillo, que era insalubre y hedía a retrete mal limpiado. Bueno, pues ya sabía como era la princesa. El príncipe desapareció, y el hechicero regresó a su torre. Bastante tranquilo, sabía que su relación era imposible. Eso les sucede al 99,9% de las personas, y hasta a los hechiceros. Los elfos le habían echado de menos, y fueron voluntarios a la torre, a soportar sus encantamientos. Por lo menos, el hechicero había hecho amigos.

miércoles, 4 de abril de 2012

En compañía del desierto

El ocre color del desierto le recordó el final de su matrimonio. Un día su mujer lo abandonó, y se fue de casa. A los tres meses recibió una notificación del juzgado para el divorcio. No se lo podía creer. Por suerte, llamó a sus padres, y estos se movieron para que su ex mujer no le quitase nada. Su ex iba a la yugular. Una gestoría se las arregló para redactar los documentos. En el juicio, el magistrado le dio la razón, y sólo ella logró sacarle tres mil euros. Al salir del Juzgado ella le insultó. Incluso le contó que se había acostado con sus mejores amigos, mientras él se mataba a trabajar. Supuso que lo hizo por despecho, porque no le había sacado apenas nada. Poco después, pidió una excedencia en el trabajo, y voló a México, al Desierto de Sonora. Se buscaba a sí mismo. Durante el paseo lloraba. ¿Cómo una mujer tan hermosa se podía convertir en un monstruo, y además, infiel? Lloraba por lo estúpido que había sido. Un amigo (el único que no fornicó con su mujer) lo esperaba con el 4x4 en un pueblecito cercano al desierto. Quedaron en que pasearía un poco, hasta llegar al pueblecito, olvidado de la mano del Creador. Tras recorrer unos kilómetros, el llanto se alejó. También había perdido amigos. Se sumaron al bando de su mujer. El amigo que lo esperaba en el pueblecito o villorrio, esperaba una llamada. Cuando él llegó a la cantina, el amigo le pasó el móvil. "Llaman desde España", confirmó. Era el detective: "Cierto, su ex mujer ha prosperado, trabaja como escort de lujo". Esa noticia era algo que ya sospechaba. Se dedicaba a vender su cuerpo, y a dar placer a ambos sexos. Empezó a reírse dando la sensación de perder la cabeza. Algún día pagaré sus servicios. Y se calló.

martes, 3 de abril de 2012

La memoria de las piedras

Se acercó a las ruinas y tocó sus piedras, curioso, como si las propias ruinas del castillo le contaran viejas historias de Castilla. Aún se distinguían, entre los muros y torres mordidos por el tiempo, historias de grandeza, y de feudalismo, palabra que le sonaba muy mal, que, en tiempos pretéritos, seguía, parcialmente, viva. Buscaba su historia. De pequeño, se había perdido entre las ruinas, y hablaba a las piedras. Aquí, muchos nobles perdieron la vida, y muchos plebeyos, perdieron la suya, para llevar el diezmo de los impuestos, siempre que cada vez, su Señor, con cada nueva boda, pedía derecho de pernada. Entonces, la manifestación del terror era más violenta. Los muros del castillo temblaban, y más de uno puede decir que es de ascendencia noble, pero imposible de probar, a no ser por la genealogía. Caminó entre entre las piedras, y meditó su siguiente paso. Intentó subir a una de las torres, pero la entrada estaba obstruida, o no existía escalera alguna. Se preguntó por qué hacía esta visita, si poco menos había que ver. La vida en la ciudad seguía su curso, pero en las ruinas del castillo, el tiempo estaba parado, sin avance de continuidad. Entonces, recordó la memoria de las piedras y, cuando, siendo niño, jugaba a indios y vaqueros, teniendo como fuerte las viejas murallas de Castilla, por muy anacrónico que fuera, así pasaba el tiempo: recordando que ya lo había perdido, y que, su vida en la ciudad era una catástrofe tras otra...

lunes, 2 de abril de 2012

Vista cansada

Durante toda mi vida he estado buscando la verdad. Ha sido una maldición. Verdades hay muchas, tantas como embustes y mentiras. Las unas se ocultan a las otras. En ocasiones, por seguridad; en otras ocasiones, por controlar o dirigir a un rebaño manipulable y sin voluntad propia. He deseado la libertad a partir del conocimiento, y, a pesar de aprender, he cometido errores, como todos o casi. La lista es muy amplia. Jamás han comprendido mi ascetismo, mi manía de refugiarme en la lectura de sesudos tratados que lleva mi adoración hasta la enfermedad. Si no leo, o escribo, mi mente me atormenta. He decidido que el pensamiento más sublime es el más sencillo, sin pedanterías ni vacilación. Un libro es mi escudo, y mi defensa. Intenta arrebatarme uno, y ya verás el resultado. Los libros son más fiables que las personas. Por eso escriben las personas. No soportan guardar sus defectos y transformarlos en virtudes, cuando las mismas virtudes han desaparecido hace tiempo. No me basta sólo el libro y su forma, o su contenido, me interesa el conjunto, todo entero, porque el libro es un instrumento que ha creado el animal más elevado de la creación para no perder aquello que perderá con la muerte. Si he de ser sincero, en ocasiones, no leo, medito en silencio. Pero mi rostro está surcado de arrugas, como si la agricultura de la vida hubiera decidido poner surcos a mi vejez, para plantar, en la muerte, las semillas de un futuro que no acabará conmigo, pero sí me olvidará. No me basta tener la vista cansada. Apenas distingo las palabras, pero recuerdo su significado. El otro día me desmayé en pleno estudio. Cuando me desperté del accidental letargo no veía nada. En la consulta me dijeron que se debía a la tensión y al esfuerzo de varias noches estériles. Tengo la vista cansada. Logro ver a veces. Otras, hay un veto que me irrita y me desplaza. Tengo la vista cansada. Ahora, vete, y déjame a solas con mis libros. No te preocupes: serán tu herencia. Una batalla interminable contra los ejércitos del olvido.

domingo, 1 de abril de 2012

En busca de las aguas mil

¿Cómo será este mes? Esperamos lluvia, pero no inundaciones. Y que el hombre del Tiempo no se equivoque. Porque todos esperamos algo de eso, ¿no?