Entradas Universales

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Tarjeta de fichar

En una ocasión, bastante nefasta, perdí en el catering donde trabajaba, algo más de hace veinte años, mi tarjeta de fichar. La dejé encima de mi taquilla, pero otro tipo la cogió, y ni se dignó informarme.
Al día siguiente confiaba en encontrarla, pero esta ya no estaba (por el robo de la misma); me presenté en la oficina, y pedí otra, alegando que la había perdido en el vestuario, y que nadie me la había devuelto.
Por suerte, me dieron otra, y pude fichar tranquilo. Me quedó el resquemor de que tenía muchos enemigos, hasta tal punto que, en la empresa, sólo tenía enemigos.
Callé el asunto de la tarjeta, pero sólo confiaba en unos pocos. Cuando regresé, de nuevo, a mi actividad habitual, se me había roto la confianza. Pero una cosa era segura: no volvería a echar una mano a nadie. Y eso fue lo que hice meses después, poco antes de mi despido injustificado, me di cuenta de que no había compañerismo, pues los pocos en que se podía confiar, tendían a despedirlos, o a atacarlos.
Desde entonces no he vuelto a tener ninguna tarjeta de fichar, que devolví en el momento de mi despido fulminante y sin pruebas, por culpa de un jefe de cocina afeminado, un encargado leprechaun, y una empresa con unos superiores corruptos.

martes, 6 de noviembre de 2012

Buenas noticias

Es increíble como un hecho real puede transformarse en ficción, como por ejemplo, el resultado de un amigo, que suelo ver martes sí, martes no, que ha conseguido su primera cita, después de más de una década sin tratarse apenas con el sexo femenino.
Pero se ha demorado más de un año, hasta tal punto, que poco ha faltado para perderla para siempre. Por suerte, ha conseguido el teléfono y la esperanza de poder ver a esa sevillana de mucho tronío, agradable y de buen trato, que demuestra su bondad y gracia allá por dónde va.
Es taquillera, pero ya le cumple el contrato; pero, con la esperanza de permanecer fija, la empresa le ha afeado la esperanza, y los tres años, no han servido para ponerla fija en la plantilla. Parece una ficción, o un hecho que ya es muy común en este país; pero el asunto es más serio. Por lo menos, han quedado para charlar, o hablar, o platicar, y me alegro por él y por ella, por ambos. Son dos buenas personas, pero mi amigo casi llega tarde. Ahora le toca el turno de conquistarla poco a poco, y que se deje de hacer castillos en el aire.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Cuando se pierde casi todo

Me refiero al momento en que, tras la seguridad de perder todos los archivos, uno se queda sin recursos, y tiene el temor, casi lacerante, con cierto dolor, de que todo lo que uno ha escrito, se pierda de manera voluntaria o involuntaria.
No es una sensación agradable. No lo es, porque es la tarea de muchos años de escritura y muchas páginas escritas, sean de calidad o no. Pero la sensación de que no se podrá utilizar el ordenador para escribir ficciones en los archivos que facilita Word, en realidad es semejante a la pérdida irremediable de una pierna, o cualquier otro miembro del cuerpo.
En realidad, sé que tras la reparación del ordenador, no será posible garantizar que se salven todos los archivos, y es muy probable que estos mismos archivos se pierdan para siempre. Será semejante a perder ropa vieja, con la diferencia de que son archivos que llevan años tratando crecer. Hay unas cuantas novelas sin terminar, y una sin duda, que deberé escribir de nuevo.
Pero, bueno. De momento, queda un mes, y no hay nada que hacer. Sólo queda la incertidumbre de que esos archivos permanezcan, o hayan desaparecido, con el formateo, para siempre.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Pícaros vendedores

No era un crucifijo como el de la imagen, pero casi. Sucedió que un amigo quería vender o empeñar un crucifijo de estilo moderno, con dos esmeraldas pequeñas incrustadas, a un comprador de oro del Alcalá Norte.
El tipo lo pesa, comprueba el precio y utiliza la calculadora arbitrariamente, y le dice lo que le puede pagar: 50 euros.
En realidad, el crucifijo le había costado a mi amigo 117 euros; pero el ladino comprador sólo estaba dispuesto a apagarle los cincuenta euros de sus sospechosos cálculos.
Alarmado, mi sentido arácnido me avisó de que había unas intenciones muy oscuras de este usurero del oro. Y, alarmado, exclamé:
-¡Eso es imposible! No le puede pagar con el valor a la baja.
El usurero, en cuestión, vio mis intenciones, y dijo que no podía pagarlo al alza, porque perdía beneficios. ¿Qué beneficios?, me pregunté. A mi amigo le comenté que se olvidara del negocio con el usurero del oro. Y este añadió que ya pagaba bastante, y que tendría que arrancar las piedras, para pesar correctamente el crucifijo, que era macizo y pesaba. Sin las piedras, nos informó, podría darnos el valor "real".
No me pude contener. El usurero del oro quería el crucifijo a toda costa, y mi amigo me pidió consejo:
-Si no son más de cincuenta euros, no lo vendas.
El usurero me miró como si me despreciara. Mi amigo, al final, no vendió, merced a mi consejo. No sólo hubiera perdido el crucifijo, sino que para el usurero, esos valiosos gramos de oro, que comprobó lo eran con una pizarra gris, en donde se frotaba, para comprobar que era de auténtico oro, también hubiera perdido la dignidad.
Desde entonces, mi amigo procura no vender ninguna joya que pertenezca a su familia. Incluso el usurero rechazó la cadena de la cruz, teniendo en cuenta que también era de oro. Será cierto eso de "el que no corre, vuela". Pero hay gentuza que vuela demasiado alto. Ya se estrellarán. Siempre lo hacen.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Principios óptimos

Es cierto. Comprobado. Un cuento o una novela ha de enganchar desde la primera frase. Ha de atrapar y seducir al lector. En muchas obras, la primera frase ha de invitar al lector a preguntarse qué vendrá después. Y eso es buena señal. Pero, encontrar o hallar una primera frase que convenza pacíficamente al lector, es un arduo trabajo.
Además, no siempre es la frase la que anima al lector a leer. Suele ser una combinación de destreza y seducción literaria, hasta tal punto, que los Grandes han de esforzarse (o se esforzaron en su momento) para escribir principios óptimos e inolvidables.
La naturaleza del cuento o de la novela, al despertar la curiosidad del lector, consiste en no aburrirle. Ser brillante siempre puede empachar. ¿Cuántos libros de cuentos o novelas se abandonan al final del día, cuando el escritor sólo busca lucirse perdiendo el horizonte? No por ser más brillante, como lector, no me interesaría. Por eso de la ceguera que causa demasiada luz, que al final es oscura y banal.
Pero los principios óptimos, los Grandes Escritores saben ofrecerlos sin deslumbrar. Sólo con despertar la sensación de un viaje placentero en la lectura. Los principios óptimos son, desde luego, aconsejables. Tras un trabajo constante, desde luego.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Tomando más notas

Tomar notas de cualquier pensamiento o idea puede ser constructivo; pero, cuando se han perdido todos los archivos, sólo queda el VBall y el folio, y el blog. Precisamente, en este caso, sólo puedo tener el blog para escribir entradas con limitaciones.
Importante es la calidad, y no la cantidad; pero, en los folios, en el procesador de textos, queda, en este caso, que ya no puedo sumar páginas, sino que desaparecerán hasta mis cuadernos de notas, y algún que otro libro de cuentos policiacos.
Pero queda, sobre todo, la sensación de desasimiento, como si todo dejara de tener su razón de ser. Por lo menos, si se comparte, la sensación disminuye. Por suerte, y soy afortunado, tengo mi portafolios (clipboard) y puedo plasmar cualquier historia o pensamiento. O aquello que se me ocurra. Sólo me queda, tomar más notas, nada más.  

jueves, 1 de noviembre de 2012

Visitas anuales

Cada año, en noviembre, siempre visitamos la necrópolis de Paracuellos. Hay dos lugares que no me gusta visitar: los hospitales y la necrópolis. De hecho, cada año es más duro. Saber que una persona está ahí enterrada, y si se trata de una madre, entonces es más duro. Coincide con el Día de Difuntos, y la americanada de los 13 días de Halloween.
Entonces, la visita pierde toda su sacralidad. Ya es bastante duro saber que hay un familiar o varios enterrados, que sus cuerpos ya no respiran, y que no lo volverán a hacer, hasta un presunto Día del Juicio que no llegará nunca, y que ya han pasado a otro mundo con la barca de Caronte.
No soporto los hospitales ni aunque me ingresen en uno. He de aguantar los aires de superioridad de los médicos, y del equipo médico. Si los pones en duda, y cuestionas su jerarquía, te dan el alta a regañadientes, como si ellos tuvieran la última palabra, y no es cierto, no la tienen nunca.
En cambio, los cementerios, esa suerte de necrópolis, traen recuerdos del pasado, de cuando vivían, pero los soporto mejor. Por otra parte, es quizás este ritual anual el que nos hace recordar que la persona que estaba, siempre estuvo presente. Por lo menos, no se tiene que aguantar  la superioridad de un galeno que, muy en el fondo, ignora más del espíritu humano, de lo que da  a entender.