Entradas Universales

sábado, 27 de noviembre de 2010

Girl Next Door


Nunca se habían fijado en ella. No llamaba mucho la atención. Cuando permanecía en el ascensor, sus gafas sólo producían sinsabores, o molestaba a aquel que se cruzaba con ella. Lo cierto es que nadie se fijaba en ella. No le importaba. Después de todo era buena estudiante y se había amueblado su cerebro con unas diez carreras, tres de las mismas a punto de finalizarlas con éxito. Tampoco era puritana, aunque aparentaba inocencia por cada esquina de la calle que paseaba. Eso sí, las curvas de su cuerpo se transformaban en líneas. La ropa, lisa y opaca, con solores terrosos que no incitaban al sexo, e inhibían morbos futuros. Y lo cierto es que las curvas no existían. Detrás de las gafas, nacían unos ojos azules muy profundos: vista para el estudio. Lo demás, el botellón, los raves, las drogas, los chill-outs, incluso el sexo, la traían sin cuidado. Deseaba un futuro brillante, y no depender de nadie. No deseaba eso, los vicios. Ciertamente, acudía al gimnasio todas las mañanas, mientras asistía a la Complutense por las tardes. Hasta que un cazatalentos de la moda se fijó en ella. Lo más cerca que llegó fue a la indiferencia; mas la sedujo con un juego sucio y taimado, y la arrastró a su cama. Tal vez, ella conocía los riesgos. Y dichos riesgos estaban calculados. El seductor cazatalentos le halagó, diciéndola lo hermosa que era, y que, con su físico y unos arreglos, podría ganar mucho dinero, y la fama. Para ella, la fama era lo de menos, pero aceptó el riesgo, aún sabiendo que caería en las redes de lo vacuo e inane. Porque el éxito no existe, es artificial, y se crea. Consciente de su caída, ella le respondió a su primer amante que así lo haría, a cambio de respetar el final de las dos carreras que le quedaban pendientes. Para el cazador significó un sacrificio que, en el futuro daría sus frutos, siempre que su "conejita", así la llamaba, cumpliera el contrato; primero, de palabra, después, de hecho; por último, de firma. Transcurridos tres años (finalizadas con éxito las carreras universitarias), su Mefistófeles particular dirigió su carrera como modelo. Lo negativo fue tratar con excéntricos impresentables que la cortejaban como a un delicioso caramelo, o, en su caso, como una prostituta de lujo. Su primera caída, el sexo, a cambio del éxito, la prensa amarilla y las maledicencias y exageraciones. La droga llegó después, el alcohol continuó a construir su infierno particular. Y los arreglos desfiguraron su cuerpo, hasta ser reconocible por el rostro, nunca operado, pero sí trampeado por el Photoshop más chapucero y barato. Cuando regresó a su hogar, solitaria, fingidamente maltrecha, la "conejita" del proxeneta del éxito, fue muy reconocible, y luego olvidada. Por suerte, su nuevo anonimato le permitió trabajar en un Museo de Arte, como restauradora pictórica, y envidió a la Gioconda, porque fue la única modelo que no necesitaba retoques. Ahora ella, la "conejita", lleva lentillas; pero no puede disimular que sus curvas imponentes y neumáticas, exageradas por el bisturí, provoque lesiones de cuello.

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