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miércoles, 24 de noviembre de 2010

Tan clara como el Sol


La piel, el misterio de la misma. Todos tenemos este envoltorio, que se degrada con el tiempo, por los radicales libres, las impurezas, y la completa invasión del envejecimiento. La piel nos muestra como somos, y lo que nos hace sentir. Las sensaciones y el gusto estético. La piel como escudo o abrigo. Pero un abrigo de piel, de la humana, no nos defiende del frío. Porque nuestra piel carece de abrigo. No nos protege del frío; pero sí nos permite las sensaciones. Y sentir es lo primero. Porque nos convierte en humanos. Incluso los animales, inferiores a nosotros, agradecen las caricias. Pero sentir a la otra persona es una conquista. Y la conquista no es sólo el placer o el deseo, si no un un sentimiento más elevado: el amor. Pero depende más de dos, que de una sola. Porque la piel siente, y nos transmite tanto sensualidad como consuelo. Sin la piel, nos volveríamos locos, en el sentido de no poder comunicarnos. Ya no bastan las palabras, cuando las caricias, ayudan a las personas, y es el remedio para los autistas. La piel, tan clara u obscura, o mestiza o mulata, o roja o amarilla (aunque los chinos y los japoneses son más claros que los occidentales, nosotros); la piel nos describe, y nos convierte en lo que somos: humanos, sencillamente, humanos. Representantes del Universo, pues somos sus manos, ojos, oídos y parte de su Espíritu, en pequeñas dosis.

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