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domingo, 15 de septiembre de 2013

Lecturas

Es curioso para el lector acostumbrado a millones de libros y lecturas que cada obra sea novísima, y eso que hace tiempo se publicó. Y luego, la sensación de que lo leído merece la pena. Ninguna novela es desechable. Cierto que hay malas y mediocres, y pocas veces hay calidad, pero se disfruta leyéndolas. La mayor parte de las novelas de grandes ventas son bestsellers, los más vendidos. El mercado está tan saturado, que incluso esos mismos libros, dejan de tener valor pasado un tiempo, y lo recuperan más tarde. Hay novelas que siempre se venden, por muy mal escritas que estén. Lamento que haya lectores que las leen. Eso indica que no saben distinguir un vino peleón de un Rioja auténtico. Suele pasar.
Hay otras lecturas que tardan mucho en venderse. Escritas duramente, en donde el escritor ha demorado años hasta crear un supuesto filón. Filón que es probable que no vea la luz, porque la suerte tiene mucho que ver y, seguramente, la conjunción planetaria (siempre que el Sol no gire alrededor de la Tierra) y entonces nace el milagro.
La ansiedad de publicar es parecida a la tensión por dar un nuevo paso. Y hay novelas que se quedan en el cajón, durante un tiempo prolongado, hasta que el autor se olvida de ella. Entonces ocurre lo siguiente. Trapiello lo define muy bien, porque a él le ha pasado. Estaba escribiendo una novela, la terminó de escribir, pero como no le convencía, la guardó durante un par de años, y cuando le pidió el editor una novela de misterio, recurrió a la novela del cajón, que iba, vagamente, de ese mismo tema. Pero se dio cuenta de que no tenía nada que ver. La quemó, y escribió otra nueva. ¡Quién fuera Trapiello...!

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