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viernes, 7 de marzo de 2014

Días vacíos

Uno finaliza su tarea, sin buscarla, hasta tal punto que, por ejemplo, decide descansar, y se da cuenta de que la primera parte del trabajo ya ha acabado. El escrito ya se ha hecho. Pero luego quedan los días vacíos. Días en los que se busca qué hacer.
Cierto, he de volver a la novela, y releerla para no perderse; pero cuando los poemas han llevado cerca de tres años, llega el momento de seleccionar y corregir. De momento, los dejo descansando, porque la novela es más importante. Pero el asunto está ahí. Hay que ponerse a la novela.
Claro que, luego surgen impedimentos (que no lo son), como, por ejemplo, leer el trabajo de otros, como autores que me piden que les lea sus trabajos, amigos cercanos como Ricardo Hernández Mejías, que se agradecen; y se retrasa la novela. Eso me permite meditar sobre el último capítulo que interrumpí, para enfocarlo de una manera más original, o encontrar, porque no estoy bloqueado, alguna solución más apremiante, pero sin tomar el pelo al lector, ni tomármelo a mí.
Entonces, me pregunto, si llegará el día que completaré las 150 páginas que quiero escribir, y es posible que, este año, no llegue ni a las 75 previas; pero no importa. Por suerte, al releer lo que llevo escrito, lo veo con otros ojos, y aquello que creí que estaba escrito sin cuidado, o con demasiada precisión y cálculo, resulta que me ofrece a los ojos que escribo mucho mejor en el antes que en el ahora.
Enigma de la escritura, claro.

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